Si no puedo dormir, escribo.

Intentando conciliar el sueño, la noche se me hace extensa y casi infinita, miro los segundos en el reloj y me parece que transcurren con la mayor lentitud, doy vueltas en la cama, me abrazo, y lo único que prevalece en mi mente es un sinfín de pensamientos.

Miro a un lado y me pregunto si estoy en el camino correcto, si lo que hago es lo que realmente necesito, si lo que tengo es lo que verdaderamente me hace falta, todo me parece cuestionable, hasta el hecho de saber si soy realmente feliz o por el contrario, estoy arando sin rumbo.

Es prematuro dejarme llevar por mis “demonios mentales”, emitir juicios o dar certeza frente a tantas cosas que se elevan a mis pensamientos en este momento, lo que si es seguro es que me perturban, me hacen perder el hilo de la tranquilidad y sobre todo me inspiran para despertar buscando la alternativa para romperme de esas ataduras, para encontrar un estatus en el que ni el mínimo pensamiento irrumpa mi serenidad.

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